334 Rue René Vielle, Eugénie-les-Bains, 40320
En Les Prés d’Eugénie, el jardín está en todas partes. Se diría que ha decidido instalarse a sus anchas.
Todo comienza en el gran patio, bajo las palmeras, entre fuentes andaluzas y hortensias que, llegado el verano, no sienten especial inclinación por la mesura. El Bar sale entonces al aire libre. Se toma una copa mientras la tarde, libre ya de cualquier prisa, se alarga a su gusto.
Una avenida de tilos conduce hasta una fuente monumental entre celosías, con cierto aire de residencia del siglo XVIII. La rosaleda, en cambio, prefiere los rodeos. Rosales antiguos trepan por sus arcos y forman un pasaje perfumado, cubierto y con la teatralidad justa.
Ahí empieza la verdadera escapada: justo cuando uno decide tomar el camino menos directo. Basta una sombra, un aroma, una perspectiva inesperada para cambiar de rumbo. En este Palace-jardín de Eugénie-les-Bains, en el corazón de las Landas, sobran los buenos motivos para perderse con gusto.
El agua recorre la finca. Clara, viva y con cierta afición por el juego. Une el estanque de papiros con el de nenúfares a través de un alegre regato, irresistible para quienes sospechan que un paseo siempre mejora cuando continúa con los pies descalzos.
En primavera, los lirios bordean el agua. El verano abre grandes corolas, que las libélulas no tardan en hacer suyas. Después llegan los cólquicos y los narcisos, cuando la luz se vuelve más tenue y el jardín cambia de compás.
La gran pradera sigue su propio calendario. Los Cuadros Stuart aparecen en primavera: un damero de gramíneas que el viento deshace y recompone hasta los últimos días del otoño. Después desaparece. Sin despedidas aparatosas. Volverá.
Con cada estación, el paisaje encuentra una nueva composición. Un macizo despierta, una floración se retira, una vista reaparece. Quienes aman los jardines lo saben bien: los lugares más cautivadores nunca se entregan por completo en una sola visita. Este ofrece excelentes razones para regresar.
Hay jardines que se contemplan. Los de Eugénie también se saborean.
Del Jardin du Curé llegan a las cocinas flores, hierbas y plantas aromáticas. A su lado, el Potager Volant alberga quince colmenas. Su miel se sirve en el desayuno. Un trayecto breve y del todo recomendable.
La pradera conduce al huerto de la Ferme Thermale y, después, a los Bains du Jardin. Allí, uno se sumerge en el agua caliente de una gran tina. Por encima pasan las nubes. Las hojas tiemblan. El viento interviene. Pedir algo más resultaría poco razonable.
Al otro lado del río, la Ferme aux Grives cultiva una libertad distinta. Senderos entre flores, frutales en espaldera, plantas y flores comestibles. Un huerto que alimenta la cocina tanto como la imaginación.
La finca se descubre por escenas. Una rosa. Una abeja. El rumor del agua. Una hierba cortada esa misma mañana. Todo circula entre los jardines, la casa, los baños y las mesas.
Se viene a Les Prés d’Eugénie para pasar unos días. Sus jardines, por sí solos, bastarían para justificar el viaje al suroeste de Francia.
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